viernes, 5 de abril de 2013

Crystal Castles en el Teatro Vorterix: HARDWARE


El dúo canadiense se presentó anoche en Buenos Aires. Baile, sudor y terrorismo arcade de la última banda cyberpunk.


Foto: Lucas Paiva

Entre el humo, las luces esquizofrénicas, el sentimiento de alarma y el barullo electrónico amenazante, Crystal Castles emerge como una captura de pantalla de Hardware, aquella película de culto del género sci-fi de 1990 con Dylan McDermott, Iggy Pop y Lemmy.
Por momentos, la cantante Alice Glass es Jill (Stacey Travis), la bella protagonista acechada por una bestia cyborg que se autorrepara con desechos y pasa de escultura artística a Terminator chatarrero. Grita espantada entre filos y bits, protesta y ruega con la deformada voz de un fantasma perdido en esta máquina sonora que, al igual que el bicho robótico del film, se construyó de requechos industriales: actitud Pistols, apatía gótica, hiperkinesia gamer y paroxismo rave. Todo remendado, cableado, enchufado, reprogramado, sampleado y deformado por Ethan Kath, ese barbudo encapuchado detrás de los teclados. Así es la banda que ha reseteado el punk.
Se olía la expectativa entre los que colmaron el Vorterix. Todos saben que Glass es quilombera, un verdadero modelo (en belleza y comportamiento) de riot girl, beligerante e inmanejable. Algunos todavía recuerdan el show de Creamfields 2008, suspendido tras provocar una gresca con la producción, por lo que esta noche podía pasar cualquier cosa.
Esta vez no hubo frustraciones. La canadiense entró arrastrándose a gatas, se deslizó por el micrófono y desató “Plague” para el arranque, con un estruendo ensordecedor de la audiencia. Y ya para el segundo tema era un dolor de cabeza para la seguridad, cuando bajó del escenario y se entregó a los brazos sudorosos de un pogo estroboscópico que no cesó nunca.
No hubo clemencia en un setlist que hackeó todos los sentidos. Kath parece un monje encorvado rindiendo pleitesía al caos arcade que despiertan sus consolas con “Suffocation”, “Baptism” o “Wrath of God”. Mientras, Glass escupe alcohol al público y ametralla con bailes y ecos de furia. Y en instrumentales como “Telepath” se prende un pucho y juega tras los teclados como niña malvada que se entretiene derritiendo muñecas.
Ya para “Sad Eyes”, hacia el final, el teatro era una Creamfields postapocalíptica. ¿Cómo parar a esta máquina asesina? En la película, Jill la riega con agua y le ocasiona un cortocircuito. Crystal Castles hizo lo mismo: nos dejó empapados, electrizados, muertos.

1 comentario:

sprung dijo...

sin duda uno de los mejores conciertos de cc!!! mejor de lo esperado...