La
serie brasilera de HBO regresa con una segunda temporada más fuerte: violencia
de género, sadomasoquismo, acoso infantil y exorcismo en la gran urbe de San
Pablo.
Con In Treatment, Lie to Me, Criminal Minds y hasta Hannibal,
los retorcidos vericuetos de la mente han copado la televisión. Pero pocas series
han abordado las problemáticas psicológicas de la vida urbana moderna como Psi, la producción original de HBO Latin
America que este domingo a las 22 estrenará su segunda temporada.
Situada en San Pablo, Brasil, Psi presenta la historia de Carlo Antonini, médico psiquiatra,
doctor en psicología clínica y psicólogo que se involucra de forma muy personal
en complejos casos de transexualidad, pedofilia, autismo, maltrato infantil, eutanasia
y hasta vampirismo. Sin tapujos ni golpes bajos, la serie evita caer en
prejuicios y solemnidades, cuenta con una notable factura técnica y dramática y
hasta sabe encontrar el humor porque, como a sus guionistas les gusta repetir, «lo
normal no es ser normal».
En su segundo año, el ciclo promete profundizar la propuesta
con diez episodios en los que se abordará cuestiones como la prostitución entre
adolescentes, el sadomasoquismo y hasta el exorcismo. «Creo que va a ser más
oscura que la anterior, porque ese es el objetivo de la serie: traer temas
fuertes a la discusión. Hay muchas personas que no tienen idea de que estas
cosas pasan y otros saben que ocurren, pero pocos hablan de eso», dice Alex
Gabassi, uno de sus directores.
En esta temporada, Carlo se reencontrará con su entusiasmo
por la profesión y el deseo de ser terapeuta y, luego de vivir un año en
Italia, regresa a Brasil para ser el coordinador de una ONG orientada al
cuidado de víctimas de violencia doméstica, el tema que trata el crudo capítulo
que abre el ciclo 2015.
Muchas de las historias de Psi están inspiradas en las vivencias de Contardo Calligaris, creador
y director general de la serie, quien es
un versado psicoanalista de origen italiano que desarrolló su carrera en las grandes
ciudades de Europa y Estados Unidos hasta que se radicó en Brasil. Esa
experiencia internacional y multilingüe le ha permitido imprimirle a la ficción
una mirada universal de los problemas, lejos de la localía paulista. «La serie
se sitúa en San Pablo, pero podría ser en el DF de México o cualquier otra
megalópolis. Para mí, lo importante es que la escena terapéutica se dé en la
gran ciudad, en algo que es más grande que uno», explica.
Sobre los traumas de la vida moderna y cómo los plantea su
serie, Calligaris dice que «lo más preciado para un terapeuta es mantener la
capacidad de asombrarse con lo más común y, a la vez, encontrar que lo más
extraordinario es absolutamente banal. Por ejemplo, me acuerdo de un paciente
coprófago, que vagó de psicólogo en psicólogo durante un buen tiempo porque escandalizaba
a todo el mundo. Cuando vino a verme en París y me contó que comía sus propios
excrementos, yo le dije: “Bueno, ¿y qué más?”. Eso hizo que pudiera abrirse,
hablar y quedarse conmigo».
Carlo, el protagonista, es en cierta forma su alter ego, aunque él prefiera tomar cierta
distancia del estilo del personaje: curioso, hipercrítico y muy
intervencionista en la realidad de sus pacientes y de su círculo social. «No
tengo claro si uno debe meterse en la vida de los pacientes de la misma manera.
Pero es algo que aprendí muy temprano. Cuando era un joven psicoanalista en Francia,
estaba muy angustiado porque una paciente amenazaba con realizar un suicidio
colectivo. Fui a hablar con mi supervisor, y él me dijo: “Si está preocupado, vaya
a verla”. Y fui, en el momento previsto en que ella iba a matarse junto a su
familia. Ese es un tipo de intervención que Carlo haría».
«Es una característica del personaje, pero también una cualidad
dramática, que funciona muy bien en la serie —acota Tata Amaral, una de sus
directoras—. No espera que las situaciones vengan hasta él, sino que es un tipo
que se mezcla con la vida, que busca las aventuras».
Emílio de Mello, quien compone a Carlo en pantalla, reconoce
que la base de la preparación del personaje es el contacto directo con
Calligaris. «Contardo nos da toda la referencia clínica; su conocimiento es
fundamental. Mi relación con él es tan intensa que me he sorprendido a mí
mismo, en mesas con amigos, viendo y pensando como psicoanalista», afirma.
El actor confesó que varias historias de la serie lo emocionaron.
«El capítulo sobre una nena abusada por sus padres me tocó profundamente. Y el
del exorcismo también, por su abordaje poco convencional». ¿Cómo hace para
desligarse de los temas tan conflictivos de su personaje al final de la
grabación? «De la misma manera que un periodista —retruca—. ¿Cómo hacen ustedes
para hablar o escribir sobre el niño sirio encontrado muerto en la playa y, después,
ir para sus casas y seguir la vida? ¿Cómo lo digieren?».
La respuesta, quizás, esté en hacer terapia. «Contardo
siempre nos dice que los problemas no se curan. La psiquiatría sirve para
ayudar a vivir con tus propios demonios», aporta el director Rodrigo Meirelles.
Y Calligaris completa: «Cesare Pavese, un escritor italiano que detestaba a
Freud, decía que el psicoanálisis era una disculpa para los asesinos. Decir
que, como me pasó tal cosa en la infancia, entonces puedo matar. Pero en su
diario, Trabajar cansa, él admitía:
El psicoanálisis enriquece la vida».
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