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jueves, 15 de diciembre de 2016

Garbage en Buenos Aires: Canción animal

Sin Butch Vig, pero con una feroz Shirley Manson, la banda revivió todo su rock digital en el Luna Park. 


Ni acto de nostalgia, ni exhibición de vigencia, Garbage pasó por la Argentina como un eco con reverberaciones modernas de aquellos años 90 que los vieron brillar.

Esas guitarras filosas entre ritmos maquinoides y melodías de alta rotación para aquella MTV “alternativa” se adhirieron, desde el magnetismo escénico de Shirley Manson, a causas como #NiUnaMenos, la defensa de la comunidad LGBT, la condena a la violencia y hasta la comprensión por la realidad socioeconómica argentina. “Sabemos que los tickets no son baratos y que las cosas están difíciles acá, así que gracias por estar”, dijo la cantante, que tuvo una noche (sobre)encendida.

Su figura es enorme: lo suficiente para que haya importado tres pitos la ausencia de Butch Vig y la sobria puesta en escena, carente de pantallas y de apenas un enorme telón con la figura de varios leopardos, bichos que han metido la cola en su reciente álbum, Strange Little Birds.

Sonaron cuatro temas de este trabajo que los devolvió al ruedo tras cuatro años: “Blackout”, “Magnetized”, “Night Drive Loneliness” y “Empty”. El resto fueron todas esas canciones animales con las que Garbage definió el rock digital de los 90. Una apertura mostrando colmillos con el trío “Supervixen”, “Paranoid” y “Stupid Girl”, y después zarpazos de pop furioso con los infaltables éxitos “Special”, “VOW”, “Only Happy When It Rains” y “Push It”, dejando sabiamente “Queer” y “Cherry Lips” para el final. 


“The Trick Is To Keep Breathing” estuvo dedicado a las víctimas de la violencia de género y, paradójicamente, “Why Do You Love Me” fue soundtrack para una pelea entre el público que motivó un justificado aunque algo exagerado enojo de Manson. “No voy a tolerar esto en mi concierto. El mundo está como está por gente así. ¿No hay seguridad en este lugar? Tranquilizate, no es tan difícil. Si estás enojado, andate a tu casa”, gruñó la vocalista desde el escenario, como para que quedara en claro quién es la feroz dueña de esta hermosa basura de ayer y hoy.


Foto: Mono Gómez

miércoles, 30 de noviembre de 2016

New Order en Buenos Aires: Música incompleta

Con muy poco, la banda inglesa hizo su mejor presentación en el país.



Los últimos antecedentes no habían dejado la vara muy alta. Más allá de esa histórica primera visita de noviembre de 2006, que resultó ser el último concierto con Peter Hook y la antesala de un patético divorcio cuyo conventillo aún perdura, las presentaciones de New Order en Buenos Aires no fueron muy felices. Vino un ensordecedor show en un estadio Obras hecho un microondas en 2011, que tuvo como cuota sentimental el regreso de la tecladista Gillian Gilbert al grupo, y luego una deslucida performance en el Lollapalooza de 2014, en el que parecieron, más que nunca, un “acto de nostalgia”.

Lo de anoche en el Luna Park tuvo otro semblante. Los de Manchester llegaron ahora con un nuevo (y muy buen) disco bajo el brazo, Music Complete, el primero sin “Hooky” y con un sonido que los reencuentra con su lado más pistero. Y en un estadio cerrado, con una puesta en escena cuidada en luces y pantallas, terminaron por marcar la diferencia: actuales y arregladitos, esta fue la mejor imagen del quinteto en el país, lo cual no significa que haya sido un gran espectáculo.

Es que New Order en vivo no es una banda divertida y, por momentos, se hace muy difícil de escuchar. Suenan saturados, desprolijos, mal ecualizados, estridentes, y no es culpa de esa particular “caja de resonancia” que es el ex “Palacio de los deportes”. No: ya son así en directo, y es algo que, lejos de mostrar su herencia post-punk potente y sanguínea entre tantas máquinas y secuencias, termina barriendo con todos los arreglos y matices que tienen sus canciones. El piano de “Crystal” desapareció, el coro de ranas de “The Perfect Kiss” murió ahogado y momentos que podrían (más bien deberían) ser delicados y épicos, como la maravillosa “Your Silent Face”, se convirtieron en una bola de sonido.

La falta de gracia y carisma en escena no contribuyen: es una banda que no contagia. Pero claro: se impone la contundencia de clásicos como “Bizarre Love Triangle”, “True Faith” y “Blue Monday” y, de pronto, tus pies importan mucho más que cualquier cosa que estés pensando o viendo. Y si el cierre es un certero ataque al corazón con “Transmission” y “Love Will Tear Us Apart” como  homenaje a Joy Division, ya está: es suficiente para sentirse pleno, por más incompleto que todo esto haya sido.

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Foto: Gallo Bluguermann

jueves, 24 de noviembre de 2016

Kraftwerk en Buenos Aires: la obra en movimiento

Los pioneros de la electrónica se presentaron en el Luna Park y exhibieron un concierto como pieza de arte.


Una parte de lo que puso en duda la realización del concierto de Kraftwerk en Buenos Aires, más allá de las mentes obtusas de algunos funcionarios, era saber qué es un show de Kraftwerk. ¿Es una “fiesta electrónica”, como aducía quien estableció, en su momento, la suspensión del recital? Bueno, no lo es en los términos en los que la absurda prohibición imperante lo considera. Pero, a la vez, sí: lo de Kraftwerk anoche fue una fiesta. Su música es una celebración de los logros del siglo xx. Estos pioneros de la electrónica les cantan a las autopistas, la radioactividad, los teléfonos, los medicamentos, los robots y las computadoras personales. Lo suyo es el folclore de la era atómica.

Ah, entonces es un concierto de música. Sí, claro, pero también es mucho más que eso. ¿Qué otra banda ha tocado todo su catálogo en vivo en museos, tal como los alemanes lo hicieron como “residentes” en el MoMA de Nueva York o en el Tate Modern de Londres, como si se tratase de una exposición retrospectiva multimedia?

Bien, entonces es una pieza de arte. Y sí: Kraftwerk es una obra en movimiento, retropropulsada por su futurismo añejo, en constante interpretación, reinterpretación, perfeccionamiento y actualización de su clásico imaginario visual y sonoro. Es así que “Radioactivity” pasó de oda nuclear a himno ecologista, ahora con la adición de Fukushima al listado de desastres de Chernobyl, Harrisbug, Sellafield e Hiroshima. Los placares de sintetizadores de antaño fueron reemplazados por pequeños controladores. Las formas humanas de Ralf Hütter (único sobreviviente del cuarteto original) y compañía dieron paso a las siluetas digitales. Y las tradicionales proyecciones que acompañan las ejecuciones de “Computer World”, “The Man-Machine”, “Neon Lights”, “The Robots” o “Electric Café” (acaso, la “sorpresa” de la noche) ahora son en 3D.

Los germanos no ofrecieron un espectáculo muy diferente al de las pasadas tres presentaciones que dieron en nuestro país (1998, 2004 y 2009), ni a las que vienen realizando por todo el mundo en los últimos diez años. Las versiones de los temas tienen mínimos cambios y la iconografía que anima cada canción en las pantallas se mantiene casi inalterable. Y está bien que así sea: ¿Quién entra a un museo y le cambia los colores a un Mondrian o la tipografía a un Ródchenko?


La repetición, lo esperable, es parte esencial de Kraftwerk, es su “estilo”. Uno se sube a la “Autobahn”, aborda el “Trans-Europe Express” o se deja llevar hasta el infinito por “Musique Non Stop” y sabe que está en dinámico viaje, ahora anteojitos mediante, hacia otra dimensión (conocida, única) del arte. 

Foto: Juan Borges


sábado, 24 de septiembre de 2016

Disclosure en el Luna Park: Dos para triunfar

Los hermanos británicos convirtieron el Luna Park en un boliche.



Gran parte del éxito de Disclosure es su habilidad para sintonizar dance y pop con la ayuda de las nuevas estrellas de la industria, como Sam Smith, The Weeknd, Lorde, y Gregory Porter. Una duda era conocer cómo se sostiene el dúo británico sin la presencia en escena de estos astros, solo con sus pistas vocales de fondo. Y ayer los hermanos Lawrence confirmaron que, a fin de cuentas, como en la mayoría de las buenas cosas de la vida, solo se necesitan dos para pasarla bien.

Los muchachos convirtieron el Luna Park en un boliche de Costanera con una cuidada puesta en escena, beats sensuales y hits irresistibles, como “Nocturnal”, “Omen”, “Holding On” y “Magnets”, de su último y gran álbum Caracal, más “White Noise” “You & Me”, “When a Fire Starts to Burn” y “F for You”, de su celebrado debut Settle, como momentos destacados.


También hubo lugar para sorpresas, como el nuevo y venenoso tema “BOSS”, la aparición en vivo de Brendan Reilly para cantar “Moving Mountains” y el cierre con el que ya es un clásico de la banda, “Latch”, con la voz de Sam Smith emergiendo por segunda vez en la noche. Porque, claro: por dos, es doblemente divertido.